Hay tierras que significan mucho más que un lugar para cultivar: representan la oportunidad de reencontrarse con la familia, recuperar la tranquilidad y reconstruir la vida después de la violencia.
Para Luz Esperanza Muñoz Pino y las mujeres de la Asociación de Mujeres Campesinas Sembradoras de Paz, en Caicedonia, Valle del Cauca, trabajar el campo es sembrar esperanza, recuperar sus proyectos de vida y construir un patrimonio para sus hijos y nietos.
Hoy, estas mujeres trabajan en un predio que la Agencia Nacional de Tierras (ANT) les entregó de manera provisional. Ellas están seguras de que, en el gobierno de Abelardo de la Espriella, podrán tener en sus manos los títulos de propiedad que les brinden seguridad jurídica sobre la tierra que trabajan con amor.
Bajo la dirección de Lina María Garrido, la ANT acompaña los procesos de acceso a la tierra y reconocimiento de los derechos de propiedad rural, con el propósito de que más mujeres campesinas tengan certeza sobre la tierra donde trabajan y echan sus raíces.
Pero detrás de esta lucha colectiva hay historias personales marcadas por la pérdida. La de Luz Esperanza es una de ellas.
Nació en La Vega, Cauca, y está próxima a cumplir 62 años. El conflicto armado la obligó a abandonar su territorio y le arrebató a su esposo y a uno de sus hijos, quien tenía apenas 16 años cuando fue asesinado. Después llegó a Caicedonia, lejos de su tierra de origen y con ausencias que ninguna distancia puede borrar.
Las fotografías de sus seres queridos permanecen en manos de una hermana. Mirarlas le resulta doloroso porque en ellas permanece una parte de la vida que la violencia interrumpió. Sin embargo, en el camino encontró a otras mujeres que le brindaron compañía y la ayudaron a seguir adelante. Entre ellas estaba Adiela Aguilar Muñoz, líder de la Asociación de Mujeres Campesinas Sembradoras de Paz.
Una nueva oportunidad para empezar
Durante años, Luz Esperanza se ha dedicado a las labores agrícolas, entre ellas la recolección de café. Sin embargo, la falta de empleo y las dificultades económicas hicieron cada vez más difícil sostener a su familia. Sus hijos comenzaron a marcharse en busca de trabajo y nuevas oportunidades.
La esperanza renació cuando la asociación a la que pertenece recibió la noticia de que había sido beneficiaria de un predio para trabajar la tierra. Para Luz Esperanza, esta oportunidad significó volver a soñar con cultivar junto a sus hijos. Poco a poco, algunos regresaron y la familia comenzó a reencontrarse alrededor de un proyecto común.
Cuando le preguntan qué significa la tierra para ella, responde con la sencillez de quien conoce su valor: “La tierra para mí significa vida”.
Para Adiela Aguilar Muñoz, la historia de su compañera refleja la de muchas mujeres campesinas que, pese a las pérdidas y las dificultades, no temen comenzar de nuevo.
“Vemos en la tierra ese símbolo de vida, ese símbolo de recuperar lo que la violencia nos arrebató”, expresa Adiela.
En la asociación, las mujeres comparten experiencias, se apoyan y trabajan por recuperar su autonomía. Hoy, su principal reto es acceder a oportunidades productivas, mercados e ingresos que les permitan fortalecer la economía familiar y permanecer en el campo.
El mensaje de Luz Esperanza para los campesinos que aún no tienen tierra y para las nuevas generaciones es mantener la fe, mirar hacia adelante y no renunciar al sueño de construir un Campo Milagro, donde la tierra sea una oportunidad para recuperar la dignidad e impulsar una Colombia más productiva.